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Personas en Linea
Tenemos 917 invitados conectado(s)| Bienvenido al club de los cuarenta |
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Si en las mujeres los quince años es la época que se festeja como el despertar a la vida, en los hombres, a no dudarlo, es la de los cuarenta. Todo empezó una mañana cuando me senté al comedor y caí en cuenta que algo estaba cambiando en mi comida: café descafeinado, azúcar dietética, leche de soya… dieta especial Pero… ¿por qué?... me pregunté… estas en el cuarto piso, gritó una voz en mi interior. Otro día, cuando fui al consultorio de mi doctor de familia, mirándome con cara de padre regañando a su hijo, me dijo: ¿ya va para los 47 años Sr. Rendón y no se ha hecho el examen de la próstata?”… entré en pánico y recordé todas las historias contadas por mis amigos mas viejitos “Doctor, no creo que sea necesario “le dije, tratando de salirme de semejante apuro. “No se preocupe señor Rendón, hoy en día es solo una pequeña muestra de sangre tomada del dedo” me contestó, con una sonrisita perversa. Así que se programó mi cita para el dichoso examen en ochos días, tiempo suficiente, pensé, para preguntarles a mis amigos que ya hacían parte del club de los 40. La primera sugerencia fue que le mirara las manos al médico, pues tiene que evitar aquellos que tienen dedos gruesos y con nudos como los de un mecánico me dijeron, y que no fuera, ni demasiado brusco ni tampoco muy tierno, pues quedaba el riesgo que uno lo quedara extrañando. Lo segundo, me aconsejaron, evitar que la esposa lo acompañe en el examen, porque a la primera lágrima que asome a la mejilla, le dirá “te dije que dolía”. Me aconsejaron no hablar con mi pastor, pues de pronto me pondría más nervioso diciéndome “con la vara que mides serás medido”. También me alertaron dizque por que era una época peligrosa para el hombre, porque por años nos hacíamos los machos y que de pronto no sabíamos de lo que nos estábamos perdiendo. Después de todos estos sabios consejos les dije a mis camaradas que estaban muy equivocados, el examen hoy en día solo era tomar una pequeña muestra de sangre del dedo y con ello, ya sabían los médicos si había algún problema con la próstata. Todos intercambiaron una mirada cómplice y con una palmadita en el hombro me dijeron “si tienes toda la razón. Ya el examen cambio, ve a tu encuentro con el destino”. Tome en la mañana mi desayuno cuarentón, el café que no sabe a café, la leche que no es leche, y el azúcar que no es azúcar, como si fuera el preámbulo de que todo lo que me iba a pasar era una farsa. Al llegar al consultorio me dijo la enfermera, desnúdese y póngase esta bata (me imaginé que era para no manchar mi ropa por un accidente con la muestra de sangre). Luego, entró el médico seguido de unos diez alumnos: “¿señor Rendón, me permite que los alumnos observen? Es un pequeño sacrificio por la ciencia”, dijo con su sonrisita maleva. No me quedo más que aceptar, saque mis manos para que tomaran la muestra. En eso se acerco un estudiante de casi dos metros con manos de basquetbolista. Mi doctor me dijo: “Señor Rendón por favor póngase primero en cuatro y luego le tomamos la muestra de sangre, ¿no saldrá corriendo con tanto público, verdad?” Por el rabillo del ojo vi al estudiante de medicina acercándose por la parte de atrás, mientras se ponía los guantes talla triple X. Entonces, cerré los ojos y me acordé de las palabras de Edgar Alan Poe: “Tranquilo hijo, dijo el diablo, al poner su mano sobre mi hombro.” |
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